Educación con perspectiva de género

Más allá de que el 2018 ha sido un año muy intenso y en el cual pudimos celebrar diversos “avances” en cuestiones de género (y como siempre, lamentar algunos retrocesos), es aún muy difícil pensar en una educación con perspectiva de género. Y digo muy difícil a nivel social, porque en los ámbitos en los que nos movemos quienes exigimos esto, ya está completamente normalizada y esclarecida esta urgente necesidad. Pero en el resto de la sociedad que muy poco, o nada, se interesa por este tema y que entonces lo desconoce casi por completo, es muy complejo instaurar la importancia de una educación con perspectiva de género porque de hecho, no está ni siquiera muy claro que es lo que eso significa; y algo muy similar sucedió con la implementación de la ESI (Educación Sexual Integral), en la que una oleada de gente salió como a la guerra, oponiéndose, basando esa oposición en información falsa que un sector determinado se empeñó en difundir a lo largo y a lo ancho de nuestro país. Su consigna rezaba “con mis hijos no te metas” y vociferaban que a lxs niñxs en la escuelas se les iba a enseñar a tener relaciones sexuales, a masturbarse y no sé cuántas cosas más (más vale, ni recordarlas). En fin, cosas completamente sacadas de contexto y manipuladas de manera tal que tuvieran una llegada masiva y sean bien recibidas por la sociedad, sociedad que en buena medida replicó sus dichos, pero con otra buena parte que los desmintió, o por lo menos, se interesó en informarse y confirmar ellxs mismos la falsedad de aquellos enunciados tan agarrados de los pelos. Cosa que no era tan difícil porque bastaba googlear los cuadernillos de ESI que hicieron desde Nación y en donde está cuidadosamente seleccionada y dividida la información entre los diferentes niveles educativos, por lo cual era harto evidente la hipocresía de aquellos movimientos que se tiñeron de rosa y celeste para tener sus cinco minutos de atención.

Volviendo a la cuestión de la educación, y considerando que nos encontramos en un momento de transición a nivel social, lo cual afecta muchísimos aspectos de nuestra vida, incluyendo el ámbito académico-educativo, es necesario considerar que actualmente tenemos un déficit en la formación profesional sino de todas, de la mayoría de las universidades argentinas. Quiero decir con esto que a pesar del gran avance de los movimientos feministas, que han llegado a espacios incluso antes impensados, los planes de estudios resultan obsoletos ante este tema, lo que da por resultado una generación más de profesionales que participarán en la atención de mujeres, niñas, niños y adolescentes que hayan sufrido violencia de género, sin tener formación específica sobre este tema. Así que, quedará a merced de cada quién la formación particular, una formación que, por las experiencias que vivimos a diario en los diferentes ámbitos (medicina, psicología, psiquiatría, abogacía, justicia, y un largo etcétera) resulta evidentemente urgente.

Lo mismo sucede con la educación inicial, primaria y secundaria. Es necesario un aprendizaje desde una perspectiva que no reproduzca ni germine los estereotipos de género que desembocan en inmensas desigualdades, que encasillan a lxs niñxs y les “enseña” como ser una nena o como ser un nene, acorde a roles sociales que ya es hora no sólo de dejar atrás, sino también y sobre todo, de pensar a nivel general por qué hasta ahora ha sido así y no de una manera distinta. Sí, ya es hora de que todas las personas empecemos a cuestionarnos eso.

Darío Sztajnszrajber, entre otros pensadores abocados a esta cuestión, manifiesta como foco de la crisis que sufre la institución educativa el hecho de que tenemos una escuela del siglo XIX, con docentes del siglo XX y estudiantes del siglo XXI. Si bien esta crisis hace referencia a muchas cosas que pueden pensarse y analizarse desde diferentes perspectivas y con diversos fines, es bastante evidente que la educación con perspectiva de género queda atrapada en esta incongruencia que hoy por hoy, define a la mayoría de las instituciones de nuestro país, tanto públicas como privadas. Y el problema no proviene de la distancia generacional en sí misma, sino del contexto sociocultural que atraviesa y condiciona a cada uno de estos siglos y que en absoluto puede ser indiferente a la práctica de la docencia y de la educación en general.

Está claro que los diferentes movimientos sociales como así también el inicio de un proceso de cambio de paradigma que apunta a la deconstrucción del sistema patriarcal, son algunas de las principales causales que empuja a la cuestión de género hacia todas las currículas y programas de los diferentes niveles de educación, aunque nos encontremos con una resistencia tremenda a la hora de incorporarlos, tal y como sucede con la Ley 26.150 de Educación Sexual Integral, sancionada y promulgada en el año 2006, que a pesar de tener incluso un Programa Nacional de ESI, aún hoy (y hoy, más que nunca) choca contra la obstinación de un grupo de personas que hasta hace unos meses ni siquiera sabía que esta ley existía.

Están al acecho, esperando que nuestra vereda comience a luchar por algún derecho, para armar una campaña opuesta que básicamente lo que hace es intentar obligarnos a permanecer en una posición de desigualdad, vulnerabilidad y sometimiento, tal y como ha sido hasta no hace demasiado tiempo. Una posición sumisa y sumida en la voluntad de otro que hasta hace poco ha estado naturalizada por un montón de gente, donde las principales afectadas éramos las mujeres, que un día nos cansamos de que todo sea así y elegimos indagar acerca del por qué.

Suena exagerado, quizá, decir que la “lucha” de las personas antiderechos siempre surge como respuesta a la lucha opuesta, es decir, a la nuestra, pero en realidad si nos ponemos a pensar, cada una de sus intervenciones, manifestaciones, etc. es a partir de que nosotrxs proponemos una nueva iniciativa para ir por más.

Pasó con los pañuelos (porque tuvimos pañuelos primero blancos y después verdes: inventaron el celeste), pasó con la supuesta preocupación que tienen por la vida, en donde no les importa que la policía mate a un pibe de 10 años pero se esmeran en querer “salvar las dos vidas” para después mirar con asco al nene que pide monedas en el semáforo, y tratarlo de drogadicto y ladrón; pasó también con la ESI, de la que muchxs nada sabían pero salieron a repudiarla igual (sin saber de qué se trata, a qué apunta, cuáles son sus beneficios y su finalidad) y por último del “mirá como nos ponemos”, se inventaron un “mirá como no te miro” dejando en claro que si algo falta allí, además de compromiso, es originalidad.

Son de la gente que se autodenomina “provida”, cuando en realidad en todo caso provida somos todxs, e incluso nosotrxs más que ellxs, porque se preocupan por algunas vidas, ni siquiera se toman la molestia de preocuparse por todas por igual. Por eso elegimos reconocerlos como pro aborto clandestino, que fue lo que lograron con el rechazo de la ley de interrupción voluntaria del embarazo el pasado año.

Hablo continuamente de ellxs y de nosotrxs como una mera distinción teórica que nos permita separarnos a nivel ficticio. Es entendible que al final las personas afectadas somos todas, que cuando de abusos, violaciones y femicidios se trata, no hay un “ellxs o nosotrxs”, porque la ideología machista no hace esa distinción. Lo mismo ocurre a nivel educativo: que se enseñe (o no) desde una perspectiva de género nos afecta e involucra a todas las personas. Si pensamos constantemente a la escuela como un agente socializador es sencillo reconocer la importancia de lo que allí aprehendemos, además de los contenidos propiamente dichos, de lo que tomamos de allí para la vida misma, en todos sus aspectos, en la niñez, la adolescencia y la adultez.

Es fundamental que en un lugar que recobra semejante importancia para la constitución subjetiva, tal y como es la escuela, el colegio, la universidad, etc. tengamos una formación que nos enseñe y que nos interpele desde el respeto, desde el amor, pero desde un lugar distinto al que lo ha estado haciendo. Un lugar que lejos de perpetuar las leyes que sostienen este actual sistema, haga lo contrario, que nos invite a reflexionar, a cuestionarnos y que participe en el proceso de deconstrucción del que estamos siendo parte, para que las generaciones futuras puedan disfrutar y disfrutarse sin tener que atravesar las circunstancias contra las que hoy, nosotrxs, estamos combatiendo.

Un niño que aprende sobre el respeto y la igualdad para con todas las personas, seguramente no será un potencial femicida o violador, o una niña que aprende sobre empoderamiento seguramente no atravesará circunstancias de violencia por sentirse obligada a cumplir con algún mandato patriarcal; pero esto de poco sirve si sólo se da a nivel individual, el cambio es sistemático y colectivo, por eso la escuela es el lugar fundamental para empezar a dar los primeros pasos, para romper con una ideología que discrimina, corrompe y asesina.

Lograr una educación con perspectiva de género es materializar la esperanza de que nada más será lo que fue, porque desde las escuelas y los hogares, hacia el mundo, el sistema patriarcal va a acabar cayéndose.


***Colo***